Benjamín Lira, artista que ha explorado tanto la pintura como la escultura en diversas técnicas, adentrándose en espacios repletos de tensiones lineales y cromáticas, se presenta esta vez con sus Cabezas, piezas de cerámica y esmalte de gran tamaño, estructuras fuertes, poderosas, que se abren al espacio como vasijas contendoras en espera de ser llenadas, como la eterna necesidad de lo recíproco (continente/contenido). Trabajo arriesgado de un (creador/artífice) que va insistiendo en la materia hasta lograr la forma/antropomorfa, que escucha, cede y se transforma. Hay una actitud de meditación; son oídos atentos, siempre alertas en estos contenedores de memoria. Señala Lira: “Me interesa el proceso de construcción de los volúmenes que es lento; trabajo desde adentro de la forma, empujando, martillando la pasta para formar el bulto”.

 

Estas cabezas guardan directa relación con el resto de su obra, donde revela su preocupación por el ser humano contemporáneo, por su (ser/estar) en la vida, en constante reflexión, silencio e introspección. No es al azar que el barro, en su proceso de secado, se ajuste y modifique, agrietándose, resistiéndose en surcos y grietas que dan cuenta de un proceso al que lo ha sometido el fuego, ese elemento esencial que quema, arrasa y purifica, y del que todo emerge transformado.

 

Estas esculturas nos remiten a la historia universal de la representación de la cabeza humana, donde el hombre (revela/reconoce) el centro de su pensamiento, razón, emoción, ya sea en las figuras africanas, la cultura China, los vasos griegos y más cerca, en nuestra América Precolombina, tan simple y profunda como la vida misma, como el hombre en su cotidianeidad.

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